Hay dos hechos que considero casi un preludio de lo que terminaría siendo mi vida “De Campo”: Los melocotones (los de Tía Lou) y las calabazas.

Como es tiempo de Halloween y ayer recogimos las penúltimas, hoy hablaremos de calabazas.

Un día, al poco de comenzar un periodo sabático que me regalé tras un intenso proyecto, cociné algo con calabaza. Sola, haciéndome con esa nueva vida de calma y reflexión, vi las pipas y pensé (aunque me pueda avergonzar reconocerlo): ¿de esta pipa podría salir una planta?¿podría cultivar calabazas en mi jardín?. Mi jardín es, o era antes de mudarme, de un metro cuadrado, no mucho más. Recordaba los garbanzos y las lentejas, esos que en el cole arropábamos con un algodón que chorreaba por toda la casa. Experimento que finalmente hacía brotar algo verde, pero que no solía llegar más allá, al menos en mi caso. Pues lo que comenzó siendo un plantoncito de calabaza precioso, termino invadiendo mi jardín. No sé si la conocéis, pero la planta de calabaza consigue que broten unas flores amarillas preciosas y enormes, con relativa rapidez. Ahora que ha pasado el tiempo, veo todo aquello como una señal, un primer contacto con lo que tiempo más tarde terminaría siendo mi nueva forma de vivir.

Pasar una tarde de campo es ahora mi rutina. Como casi en toda España han llegado las lluvias que tanto nos hicieron sufrir el año pasado, esas que no llegaron. Tras un año de sequía, ver cómo se nutre la tierra con los benditos 45 litros que han caído, es muy emocionante. Entre los olores y la tranquilidad que trasmite el campo reposando tras la lluvia, recogimos las últimas calabazas del huerto. Además de bonitas, son nuestra reserva de vitaminas que nos aseguraran beta-caroteno durante todo el invierno, hasta la próxima cosecha.

Os dejo unas fotitos para que disfrutéis con lo caprichoso de la naturaleza. A ver quién es capaz de elegir una, sólo una de las maravillas que os muestro.

La galería:

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